La vida con todo aquello que dirimimos, nos preguntamos y cuestionamos. Tan sólo la punta de tus dedos exhalando rocío, inerte en la gélida plaza donde hemos desembocado. Presintiendo un murmullo simple. Acaparador. Tal vez, de un modo axiomático equivocando el futuro. Regresando a los pasos que nos precedieron. Otra vez el murmullo, ensordeciendo la calle, sólo y único murmullo como si detrás no existiera otra cosa. Pensando en qué momento se dejo de alcanzar lo inalcanzable. En qué momento la esperanza desapareció y encontró a otros que a su vez la perderán y regresarán a sus antiguos cuerpos ya gastados y envilecidos por aquello que no pudo ser. Nos perdemos en los matices y deseamos regresar al origen. ¿Y qué es el origen? La única verdad es que ya no se puede ser con, sino solo. Es el drama del siglo, nos enfrentamos al con siendo solos, ya no media la colectividad, no podemos pertenecer a un grupo, a una clase social, a unos amigos, a una pareja. Porque somo solos, así nacemos y así vamos a morir y, entre medias, el camino desoladamente solitario.
El chirrido proviene de la colectividad ficticia, descreimiento puro, no ser nada de lo que se ha querido ser, fin de las proyecciones futuras, presente y futuro neutro. Neutro como el jabón, como la cocina de Ikea, como la soledad sin manchas. Sin manchas, no repeler lo repelible, ajustarse a unas cadenas, moverse con ellas, olvidarlas y adaptarlas al nuevo cuerpo, cuerpo sin ley, sin juicio, sin valor. Cuerpo adoctrinado a las exigencias de otros que hemos convertido en nuestras propias exigencias. Y dentro de él, yo, ese yo intangible, imperfecto, desbordado entre una orilla lejana y un puerto cercano, esa ambigüedad latente penetrando por las paredes de la casa, por el vagón de metro, ese chillido inaudible que dice que soy alguien detrás de todo lo que se mueve. Engranaje que mueve al mundo, que lo seguirá moviendo cuando me haya ido, cuando ni siquiera existan los hijos ficticios que un día imaginé y recreé para sentirme formando parte de algo.
Que el ritmo no se constituya fugaz y a la vez rutinario. Que pare. Que dentro de esta tradición de la aventura medie aquello que llaman serenidad. Huir de las formas, de todas, volver a fraccionar el sentido de tiempo, musitar canciones olvidadas. Curarnos el sol. Permanecer y pertenecer. Ahogar las uñas clavadas en el rostro, recolocar las manos angustiadas que amoratan el pecho. Dejar que el río fluya por el caudal de un rostro que no sabemos nuestro. Replantear el miedo. Transitar por la experiencia rodando en cuadrados cuyo vértice se aleje del estático movimiento de la circulación. Perder las formas. Acumular deseos. Deseos que perduren en el tiempo. Volver animalizado pero formando parte. Escuchar que somos algo aunque el camino se acabe. Saberse propiedad de uno mismo. Desacumular la tensión del desajuste de intereses colectivos. Amotinarse en algún lugar de la casa y ofrecer algo que no sea desgastado y viejo. ¿Y si no existe la salvación? A dónde dirigir mis brazos suplicantes requiebra de una gran vergüenza asida en el centro latente de mi yo. Escrutinio infructífero, de dónde vino mi incapacidad. La deshonra del miedo, trajinando oscuro en medio de las aguas. Decir en voz alta lo indecible. Aquello que nos haría perder la voz para nunca volver a ser vistos como un hombre.